La calle también llegó a Copacabana
- Hablemos Copacabana
- 21 may
- 3 min de lectura
Hay cosas que solo se entienden andando en bicicleta o caminando.
No desde una oficina con aire acondicionado
No desde un escritorio lleno de informes.
No desde las cifras maquilladas de un informe de gestión.
Hay realidades que únicamente se conocen cuando uno se pierde por las calles del municipio, cuando recorre las aceras de los barrios, cuando sube a las veredas y escucha a la gente hablar sin micrófonos, sin protocolos y sin miedo.
Hace varios días volvimos a rodar y a caminar Copacabana.
Caminarla de verdad.
Y en esos recorridos, entre conversaciones, silencios y esquinas, apareció una realidad que ya no se puede esconder debajo del cemento: el crecimiento descontrolado de habitantes de calle en el municipio.
Hoy ya es normal verlos.
En las entradas de los barrios.
A las afueras del parque principal.
Debajo de los puentes.
En las mangas.
En las aceras donde antes los niños jugaban fútbol en las noches.
En los alrededores del barrio Simón Bolívar.
En las escalas cercanas al Concejo Municipal.
En cualquier esquina donde la indiferencia permita instalarse.
Pero el problema no es solamente encontrarlos.
Porque detrás de cada persona que llega a habitar la calle también llegan otros problemas que la comunidad siente todos los días y que muchos prefieren callar por miedo a parecer inhumanos.
La gente está cansada.
Cansada de salir temprano de su casa y encontrar las aceras convertidas en baños públicos.
Cansada de que las bolsas de basura aparezcan rotas buscando restos de comida.
Cansada de caminar con miedo en ciertas cuadras.
Cansada de escuchar historias de hurtos, persecuciones o intimidaciones a estudiantes y adultos mayores.
Y sí, hay que decirlo con claridad: muchas de estas personas no son de Copacabana.
Han sido desplazadas silenciosamente desde otros municipios del Valle de Aburrá, convirtiendo a Copacabana en un territorio receptor de una problemática que crece mientras las soluciones apenas alcanzan para la fotografía.
Cada dos o tres meses aparecen operativos.
Derriban cambuches.
Recogen colchones.
Toman fotos.
Publican comunicados.
Pero basta caminar nuevamente por los alrededores del barrio Simón Bolívar para entender que el problema sigue intacto.
Porque la calle vuelve.
Siempre vuelve.
Y vuelve porque el fenómeno no se combate únicamente tumbando cambuches.
Se combate con salud mental.
Con atención social.
Con estrategias de rehabilitación.
Con presencia institucional permanente.
Con oportunidades reales.
Con seguridad.
Con autoridad.
Pero también con humanidad.
Porque no se trata de odiar al habitante de calle.
Se trata de reconocer que la convivencia también se rompió.
Que hay niños creciendo entre escenas de consumo.
Que hay mujeres sintiendo miedo al caminar ciertas rutas.
Que hay adultos mayores encerrándose más temprano.
Que hay estudiantes viendo cómo detrás del lugar donde estudian hoy son usados por estos para su consumo droga a plena luz del día.
Y mientras eso ocurre, el municipio parece acostumbrarse.
Como si normalizar el deterioro fuera más fácil que enfrentarlo.
Copacabana siempre ha tenido habitantes de calle propios.
Muchos incluso son conocidos por generaciones enteras.
Personas que alguna vez tuvieron hogar, familia, trabajo o amigos.
Pero el fenómeno actual es distinto.
Más agresivo.
Más visible.
Más desbordado.
Y aunque todos somos sujetos de derechos, también debemos entender que ninguna comunidad puede sostener indefinidamente una situación donde el espacio público termina secuestrado por el abandono institucional.
Porque hablar de este tema no es promover odio.
Hablar de esto también es defender el derecho de la comunidad a vivir tranquila.
Defender el derecho de los niños a caminar seguros.
Defender el derecho de los vecinos a no convivir diariamente entre basuras, consumo y miedo.
Defender el derecho a recuperar los espacios públicos que lentamente han ido perdiéndose.
Copacabana necesita dejar de maquillar el problema.
Porque el cemento puede seguir cayendo todos los días.
Pueden inaugurar parques, pintar andenes y levantar estructuras.
Pero ninguna obra será suficiente si la vida social del municipio continúa fracturándose en silencio.
Y quizás lo más triste de todo esto es que la calle no solamente está ocupando las esquinas.
También está ocupando nuestra capacidad de asombro.
Ya casi nadie se sorprende.
Y cuando un pueblo deja de sorprenderse por el deterioro de su propia convivencia, comienza lentamente a acostumbrarse a perderla.
Por: Jhoan Sebastian Sandoval Quintero @jsebassandoval












Es es bueno mirar esto y ver por qué el municipio no ha progresado en muchos aspectos sabiendo que ya hay tanto cemento construido debería de primar primero la seguridad el municipio y sus aledañas sin dejar deteriorarlos
Cada día nos sentimos más inseguros