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La incapacidad de crear

Hay quienes, desde su propia incapacidad, optan por copiar el trabajo de los demás. No porque admiren las ideas ajenas, sino porque nunca han sido capaces de construir una propia. Son simples títeres; repiten movimientos, palabras y estrategias dictadas por otros. Y si hoy estamos en tiempos electorales, usted ya sabe por quién va a votar y, sobre todo, por quién no.


Hoy continuo escribiendo desde la indignación. Una indignación que nace al ver cómo los politiqueros de turno utilizan el arte, el cine y la cultura como simples herramientas para moldear mentes débiles y fabricar aplausos baratos.


Hace casi cinco años, en Copacabana, nos reunimos quienes creíamos que la creación colectiva podía transformar realidades. De ese encuentro nació Miracine, el primer festival de cine del municipio, impulsado por jóvenes y adultos que entendían que la cultura no es un gasto, sino una inversión en el pensamiento, la identidad y la memoria.


En campaña nos prometieron el cielo, la tierra y hasta las estrellas. Recuerdo cómo sus aliados del sur donaron las pantallas LED para la primera edición del festival. Incluso la administración anterior, aquella que prometió seguridad y terminó acumulando indicadores de fracaso, decidió apoyarlo a última hora. Sin embargo, llegó el llamado "nuevo aire", y con él llegó también la primera negativa. El segundo año tampoco hubo apoyo. El tercero, por supuesto, tampoco.


Pero la diferencia entre quienes crean y quienes administran excusas es que los primeros trabajan.


Por eso participamos en convocatorias nacionales. Por eso tocamos puertas que no estaban en la alcaldía. Por eso conseguimos recursos que permitieron adquirir mobiliario y fortalecer el proceso sin depender de una administración que parece más interesada en contratar externos para hacer lo que sus funcionarios son incapaces de desarrollar.


Y no, mi indignación no radica en que lleguen profesionales de otros municipios o de otras regiones. Bienvenidos todos aquellos que quieran aportar al desarrollo de Copacabana. El problema aparece cuando el talento externo es utilizado para ocultar la ausencia de talento interno; cuando la contratación reemplaza la construcción de procesos; cuando la fotografía del evento importa más que el evento mismo.


Tampoco me indignan únicamente las obras de cemento que aparecen donde ya existen obras de cemento. Ni las calles pavimentadas una y otra vez en los mismos sectores mientras otros barrios esperan soluciones básicas. Tampoco me sorprende que algunas inversiones parezcan responder más a compromisos de campaña que a las necesidades reales del municipio.


La indignación verdadera aparece cuando observo el afán desesperado de perpetuar un proyecto político que no ha logrado demostrar capacidad propia. Un proyecto que hoy pretende vender un nuevo candidato como si cambiando el empaque desaparecieran los errores del producto.


Y es allí donde el espectáculo se vuelve tragicómico.


Resulta que quienes nunca construyeron un proceso cultural ahora quieren apropiarse de uno. Quienes desconocen el lenguaje audiovisual intentan reproducirlo. Quienes jamás sembraron una semilla quieren fotografiarse junto al árbol.


Porque hay algo particularmente doloroso en ver a una persona que no distingue un plano general de un primer plano, que desconoce los ángulos básicos de una cámara y que jamás participó en la construcción de un proceso cinematográfico, intentando replicar la infraestructura y el concepto de Miracine para convertirlo en una estrategia de campaña.

Es el retrato perfecto de la política mediocre: cuando la creatividad escasea, aparece la copia; cuando faltan ideas, surge la apropiación; cuando no existen propuestas, se recurre al disfraz.


Y entonces hablan de liderazgo.


Pero los líderes crean.

Los líderes inspiran.

Los líderes construyen.

Los líderes asumen riesgos.

Los líderes dejan legado.


Los títeres, en cambio, esperan instrucciones.


Por eso me pregunto si aquel exconcejal o aquel exsecretario —el mismo que abandonó apresuradamente el Concejo tras una cuestionada elección— alguna vez se interesó por impulsar la Ley de Cine, por fortalecer la industria audiovisual local o por proteger los derechos culturales de los habitantes de Copacabana.


La respuesta es tan evidente como incómoda.


No.


Porque nunca les interesó el cine.

Les interesa la fotografía.

Nunca les interesó la cultura.

Les interesa el escenario.

Nunca les interesó la formación de públicos.

Les interesa la formación de votantes.

Nunca les interesó construir comunidad.

Les interesa administrar presupuestos.


Y allí radica la diferencia entre quienes entienden el arte como transformación social y quienes lo entienden como una herramienta electoral.


Mientras unos buscamos formar espectadores, ellos buscan sumar seguidores.

Mientras unos construimos procesos, ellos construyen campañas.

Mientras unos hablamos de cine, ellos hablan de votos.


Al final, el problema no es el plagio. El plagio es apenas el síntoma.

La verdadera enfermedad es la incapacidad de crear.

Porque copiar una idea demuestra falta de imaginación.


Pero intentar apropiarse del trabajo colectivo de una comunidad entera demuestra algo mucho peor: pobreza de carácter.


Soy Sebastián Sandoval.

Y hoy empuño la pluma porque me indigna su incapacidad.




 
 
 

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